Sus mejores poemas. Neruda
José Miguel Ibáñez Langlois
 
Prólogo    (2/5)

Esta poesía de la materia arraiga a la vez, y muy hondo, en el ímpetu primordial del inconsciente. Por eso sobreabunda en hallazgos netamente intuitivos, abruptos, sorprendentes; casi ciegos, se diría, si no fuera que esos rasgos pueden oscurecer los de carácter contrario, no menos notables. Me refiero sobre todo a la inteligencia musical de Neruda, a la vez instintiva y elaborada, en el arte del verso: el eneasílabo, cuyo gusto —raro en castellano— comparte con la Mistral; el verso breve y entrecortado de las Odas, casi puro encabalgamiento; el octosílabo, por supuesto, pero también la íntegra familia italiana del heptasílabo y el endecasílabo, así como el alejandrino francés; sin omitir la más secreta respiración de su verso libre. Me parece que, en el ámbito hispanoamericano, el oído de Neruda sólo admite comparación con el de Rubén Darío.

La obra de nuestro autor es vasta y torrencial como una fuerza de la naturaleza. Pudo escribir ‘‘los versos más tristes’’, y desde luego los más llenos de angustia, pero también los más jubilosos, apasionados, leves, vociferantes, herméticos, transparentes, íntimos, épicos, meditabundos, a lo largo de una creación que él entendió, a la manera de Víctor Hugo, como ‘‘trabajo y cantidad’’. En ese sentido, contrasta con la depuración selectiva y con la autocrítica de Gabriela Mistral y de Nicanor Parra, cuyas obras completas caben de sobra en las páginas de un solo libro de los treinta de Neruda, no ya obviamente del Canto general, sino —valga el ejemplo— de Las uvas y el viento.

Esta longitud nerudiana tiene, como es natural, sus luces y sombras, su grandeza y su limitación. Por una parte, las más altas cumbres de su sobra son tan espléndidas como variadas, y se contienen sobre todo en las dos primeras Residencias, en las Alturas de Macchu Picchu y en las Odas elementales, aunque también se diseminan en desigual medida entre sus demás títulos. Por otra parte, esas cumbres suelen estar separadas por extensas llanuras de versificación retórica, que se hacen más y más amplias desde 1958 hasta su muerte en 1973. Pero debe agregarse que así suelen sobrevivir los grandes poetas, de Safo a Eliot, de Catulo a Rilke: por un pequeño puñado de poemas. La inmortalidad de Neruda tiene una base relativamente extensa, como espero que se trasluzca bien en la presente selección. Lo heterogéneo y desigual de su obra exige un mínimo itinerario de lectura, que esbozo aquí siguiendo un orden cronológico.

Todos los aires de época de Crepusculario(1923) —el amor de los marineros, los crepúsculos y los otoños, las figuras mitológicas— no consiguen opacar el aliento juvenil y fresco de esa poesía primeriza. Más aún, allí se adivinan ya el timbre de lenguaje y la substancia sensorial que sus libros ulteriores ampliarán en efecto estereofónico. Es lo que empieza a ocurrir un año después, en los Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), que seguimos valorando hoy, casi como si ni les hubiera pasado el tiempo, por su diáfana vitalidad, por su popularidad inalterada, y por el sentimiento imborrable de las pasiones primeras, anunciadoras de la pertinaz vocación erótica del autor.


 
 
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