Para leer a Parra
José Miguel Ibáñez Langlois
 
Algunos contenidos    (1/4)

Primer Capítulo
El antipoeta


Durante la segunda mitad del siglo XX, la obra poética de Nicanor Parra, una obra imperfecta y necesaria, corrosiva y purificadora como pocas, ha marcado nuevos rumbos en la poesía chilena e hispanoamericana: ha abierto su lenguaje y ha ampliado su horizonte a las realidades más exteriores y apoéticas de nuestra circunstancia humana. Hacia 1950, el antipoeta irrumpió en una atmósfera más bien cargada de oscuridad lírica, de mortal gravedad, de cansancio vanguardista, insuflando un frescor saludable y una renovada libertad creadora a nuestro lenguaje: nos devolvió la casi perdida conciencia de que -¡una vez más!- todo podía decirse en poesía. En otros términos, canceló los excesivos privilegios que había acumulado sobre sí “lo poético”: los supuestos “sentimientos poéticos”, el supuesto “lenguaje poético”, las palabras prestigiosas, las pequeñas astucias verbales, las metáforas de doble o triple fondo...; en suma, el lado más mecánico de inercia y fatiga de la excelente poesía escrita en la primera mitad del siglo.

Este habitante del valle central de Chile, tan hondamente provinciano de su Chillán nativo como paradójicamente universal, asumió, por entonces, la vocación de fundir en los antipoemas, bajo intensas presiones de tedio, rebeldía, angustia y humor negro, una suma indefinida de experiencias y formas que el hombre contemporáneo siente liberadoras de sus demonios internos, reveladoras de su más secreto y culpable rostro.

Un sumario registro de tales vibraciones de espíritu nos llevaría a inventariar amplias regiones de la existencia y de la cultura tal como las padece el antiheroico protagonista de esta aventura. Rastreando las coordenadas de su lúcido furor iconoclasta, podríamos retroceder hasta Aristófanes, Catulo y Marcial, pasando por anónimos romanceros de la Edad Media, para percibir en la antipoesía la esencialidad del humor clásico mezclada al desenfado malicioso de cierto verso medieval. Tendrían también su parte en este catastro –que dista mucho de reducirse a la lírica- la ironía y la parodia del Quijote, unidas a su sentido castizo y proverbial. Y una veta originaria de poesía popular, el ángel de García Lorca nacionalizado en los valles transversales del macizo andino, entre cantores de cueca y payadores. Y un realismo anecdótico y descriptivo de tintes melancólicos, heredero legítimo de Pezoa Véliz.


 
 
  Términos y Condiciones de la Información
© El Mercurio