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Para
leer a Parra
José Miguel Ibáñez
Langlois |
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Algunos
contenidos (2/4)
En el contexto de la poesía actual,
la sensibilidad antipoética acusa el inevitable impacto
del surrealismo francés, sumamente aclimatado por las
esencias criollas, por el humor ladino y el habla espontánea
del chileno. Pero más fuertes y profundas son sus relaciones
con la cultura anglosajona, comenzando por el versículo
casi prosístico, la amplitud de horizontes y la soltura
verbal de Walt Whitman, para seguir con el T.S. Eliot y el Ezra
Pound de la llaneza prosaica –un producto de alta elaboración
formal- hasta llegar a la audacia estridente de la generación
beatnik en los Estados Unidos, sobre todo Ferlinghetti y Allen
Ginsberg.
El pathos de Parra sugiere también algún parentesco
–más atmosférico que formal- con el humor
negro elevado a potencia poética, a la manera de un Michaux;
con el mundo conmovedor y nebuloso de Kafka, y con los ingredientes
del existencialismo posterior en su estado natural. En otro
orden de cosas, cabe relacionarlo con la evidencia del arte
pop y su insultante obviedad. Por no mentar, de la mano de los
recursos pop, los estilizados mecanismos de la narración,
de la crónica periodística, del informe técnico,
del panfleto... Y todo un mundo de urgencias extraliterarias
que, por esta generosa vía, ha vitalizado los resortes
más sensibles de la palabra poética.
Sin embargo, con el paso del tiempo veo más claro que
estas referencias nominales, demasiado “literarias”,
no dan cuenta cumplida del origen de la antipoesía: de
la originalidad artesanal, personal, criolla, primaria, ladina,
intransferible y casi “inculta” con que Nicanor
Parra Sandoval se las arregló para forjar su creatura
antipoética. (Lejos del sentido romántico y casi
mitológico de la “originalidad” personal,
hablo aquí simplemente de la paradójica espontaneidad,
entre instintiva y trabajosa, con que el poeta fue haciendo
camino al andar, un tanto solitariamente; su estilo tiene menos
precedentes literarios de los que uno diría al comenzar
su lectura).
A menudo se me ocurrió, en los años ´60,
sugerir el paralelismo entre tal o cual aspecto de su obra y
tal o cual aspecto de otro autor -poeta o narrador o filósofo
o lo que fuera-, y después resultaba que Parra no los
conocía, y era obvio que no los conocía (sus lecturas
han sido muchas y muy diversas, pero no sistemáticas,
y a menudo extrapoéticas). En estos casos el paralelismo
podía ser real, y útil de establecer, pero no
envolvía por fuerza un elemento causal.
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