Periodismo en primera persona
Ximena Torres Cautivo
 
Introducción    (1/9)

''¿Qué mirái, chiquilla intrusa?'', me increpó una iñora malagestada cuando yo era efectivamente una mocosa de unos diez años que caminaba junto a mi mamá por una calle de Santiago antiguo. Las tradicionales fachadas continuas de esos barrios, con la intimidad ajena ahí mismo, a la orilla de la vereda, eran demasiado tentadoras para una niña a la que desde siempre le encantó fisgonear casas, espacios, mundos ajenos. Tal como a otros les gustaba ver televisión, jugar a las visitas o mirar insectos bajo el microscopio, a mí me seducían las ventanas entreabiertas, los ojos de las cerraduras, las rejas sin candado.

Quería ser mosca o mujer invisible.
Quería colarme.
Quería oír.
Quería saber.

Con los años, ese reto destemplado -"¡Qué mirái, chiquilla intrusa!"-, que está tan fresco en mi memoria como cuando fue emitido por la iñora aquella, ha venido adquiriendo sentido de profecía.
El periodismo, carrera que estudié sin demasiada seguridad en lo que estaba haciendo, es intrusión. Es "introducirse sin derecho", como define el diccionario de la Real Academia. Y es también lo que permite al intruso "alternar con personas de condición superior a la suya", según reza una segunda acepción.

Digamos que "superior" es un calificativo antipático y tonto, porque quién tiene la facultad de establecer la superioridad o inferioridad de unos sobre otros, salvo que uno se apegue a los organigramas y a los escalafones. Naturalmente una actitud como ésa debería inhabilitar para el ejercicio del periodismo, pero en nuestro país durante muchos años las cosas han tendido a darse así; mientras más fidelidad demuestre el "periodista" hacia la autoridad, mayores réditos cosecha.

Hecha esta salvedad, el periodista-intruso tiene la facultad de alternar con "personas de condición diferente a la suya", lo que, en rigor, engloba a la humanidad toda. Siendo tan iguales, cada uno es único y, por eso mismo, diferente al resto. Esto es, precisamente, lo que hace tan atractiva la intrusión, que, en definitiva, se convirtió en mi oficio, en mi profesión, en la forma en que me gano la vida, tanto material como existencialmente.


 
 
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