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Periodismo
en primera persona
Ximena Torres Cautivo
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Introducción
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''¿Qué mirái, chiquilla
intrusa?'', me increpó una iñora malagestada cuando
yo era efectivamente una mocosa de unos diez años que
caminaba junto a mi mamá por una calle de Santiago antiguo.
Las tradicionales fachadas continuas de esos barrios, con la
intimidad ajena ahí mismo, a la orilla de la vereda,
eran demasiado tentadoras para una niña a la que desde
siempre le encantó fisgonear casas, espacios, mundos
ajenos. Tal como a otros les gustaba ver televisión,
jugar a las visitas o mirar insectos bajo el microscopio, a
mí me seducían las ventanas entreabiertas, los
ojos de las cerraduras, las rejas sin candado.
Quería ser mosca o mujer invisible.
Quería colarme.
Quería oír.
Quería saber.
Con los años, ese reto destemplado -"¡Qué
mirái, chiquilla intrusa!"-, que está tan
fresco en mi memoria como cuando fue emitido por la iñora
aquella, ha venido adquiriendo sentido de profecía.
El periodismo, carrera que estudié sin demasiada seguridad
en lo que estaba haciendo, es intrusión. Es "introducirse
sin derecho", como define el diccionario de la Real Academia.
Y es también lo que permite al intruso "alternar
con personas de condición superior a la suya", según
reza una segunda acepción.
Digamos que "superior" es un calificativo antipático
y tonto, porque quién tiene la facultad de establecer
la superioridad o inferioridad de unos sobre otros, salvo que
uno se apegue a los organigramas y a los escalafones. Naturalmente
una actitud como ésa debería inhabilitar para
el ejercicio del periodismo, pero en nuestro país durante
muchos años las cosas han tendido a darse así;
mientras más fidelidad demuestre el "periodista"
hacia la autoridad, mayores réditos cosecha.
Hecha esta salvedad, el periodista-intruso tiene la facultad
de alternar con "personas de condición diferente
a la suya", lo que, en rigor, engloba a la humanidad toda.
Siendo tan iguales, cada uno es único y, por eso mismo,
diferente al resto. Esto es, precisamente, lo que hace tan atractiva
la intrusión, que, en definitiva, se convirtió
en mi oficio, en mi profesión, en la forma en que me
gano la vida, tanto material como existencialmente.
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