Periodismo en primera persona
Ximena Torres Cautivo
 
Introducción    (2/9)

No sé cómo ni por qué empecé haciendo el periodismo que hago. Magazinesco lo llaman algunos; de interés general, otros; "de revista", dirá el simple observador; de "revista de peluquería", el que anda de despectivo por la vida; "narrativo", el que habla en serio y sabe algo de géneros periodísticos.

Tuve la fortuna de caer parada en la Revista del Domingo de El Mercurio, a comienzos de los años 80, cuando la dirigía Luis Alberto Ganderats, y era el más exitoso de los "productos" del diario. Las encuestas indicaban que los miembros de las familias se peleaban la RdD al llegar El Mercurio los domingos, y que era lo primero que todos leían.

¿Por qué? Porque había gente contando con ganas historias reales de una manera vívida en que nadie hasta entonces se había atrevido a hacerlo. Revelando las cosas como eran, después de investigar sin límite de tiempo. Escribiendo, sin pomposidad, tal como se habla, pero correcta y eficientemente. Todavía no entraba en escena esa casta de periodistas jóvenes que aparecieron un poco más tarde, sintiéndose Tom Wolfe quince años después, porque en Redacción I les habían pasado su intransable clásico: El nuevo periodismo.

En ese equipo de la Revista del Domingo nadie aspiraba a escribir "la novela", mientras empataba el tiempo haciendo periodismo. Todos querían escribir reportajes, en los que importaba el fondo, lo contado, y también pesaba la forma, el cómo se contaba. Pero lo primero era la historia cruda, no el envoltorio. El chiste, claro, es que todos sabían hacer estupendos paquetes con su material. Y la gente lo apreciaba; de ahí el éxito.

Considerando las circunstancias políticas que se vivían, más de alguien dirá: "Sí, era una buena revista, pero... vivía en una burbuja", usando la clásica frase de Mónica Madariaga respecto de sí misma por esos mismos años. La revista no se metía en las patas de los caballos. No sacaba ronchas.

Falso: la RdD las emprendía visionariamente con denuncias cuando se atentaba contra el bosque nativo, las minorías étnicas, la pureza del lenguaje. Ponía también el dedo en nuestras llagas más vergonzantes y mejor ocultas: el clasismo, el racismo, la xenofobia, el arribismo. Y lo hacía en serio, pero con humor, con ironía, el camino más eficiente para lograr el efecto esperado, la reflexión.


 
 
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