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Postales
urbanas
Álvaro Bisama |
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Introducción (1/2)
Estática
Una pequeña poética de la ciudad: tomar
notas sobre ella sintiéndose turista o extraterrestre.
Entrar y salir. Escapar. Evitar creerles. Pensar en ellas como
cristales quebrados donde los reflejos aparecen de manera multiforme.
Desconfiar de los cronistas. Leerlos como ficciones repentinas,
como apariciones súbitas, como las memorias falsas de
una ciudad que no existe. Tomar notas como si se tratara de
las anotaciones de una cápsula suspendida para siempre
en órbita a la Tierra. Tomar notas como las últimas
imágenes de un naufragio. Confiar en las polaroids. Confiar
en el rumor. Confiar en las epifanías. Jugársela
por los tiempos muertos. Escuchar a The Clash o The Libertines
o Babasónicos: música para ciudades arrasadas,
la banda sonora de un país en llamas. Pensar en Santiago
como si fuera Bagdad. En Valparaíso como Beirut. Lugares
donde siempre caen bombas, a ve-ces invisibles. Un lugar que
explota en un millón de historias. Voces como estática
o murmullo. Una Comala donde todos somos fantasmas y el decorado
son casas embrujadas o parques temáticos o museos. Pura
suburbia: el barrio aledaño de algo que no vemos jamás,
que no está ahí. El patio trasero como una geografía
confusa que apenas conocemos. Lo que van a destruir los marcianos
cuando lleguen.
O al revés, nuestras ciudades son naves espaciales que
languidecen en busca de un hogar lejano. Naves en perpetuo tránsito
a las que se les han clausurado todas las ventanas y donde sus
pasajeros piensan que habitan un planeta completo, un mundo
entero. Hay un cuento de Fritz Leiber sobre eso, con el mismo
argumento. Aparecen vampiros ahí y no puedo evitar pensar
en ciertos lugares como escenarios de una película de
terror, que en realidad es de ciencia ficción, que en
realidad es comedia, que en realidad es documental. Imposible
fijar todo, imposible saber hacia dónde van.
O sea: leer, habitarlas, pasar por ellas como quien hace zapping
por una geografía diversa, por los pliegues de una crisálida
que no sabe en qué se va a convertir todavía.
Puede que salga una mariposa de ahí. Puede que salga
un demonio. Puede que el capullo nunca se abra y nosotros nos
quedemos ahí para siempre esperando algo que no sucede.
Un territorio infinito, que no se agota jamás, pero que
nos agota. Un lugar del que queremos salir, del que queremos
escapar. Una estación de tránsito donde se espera
un país mejor, un mundo mejor, una ciudad invisible que
no existe, que es imposible, que no llega jamás, que
no es ninguna parte, que es pura suburbia, que no llega.
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