Postales urbanas
Álvaro Bisama
 
Introducción   (2/2)

El problema es la estática, el ruido blanco, la interferencia. Es como si colocáramos un vinilo viejo y nos dedicáramos a escuchar solamente el sonido de huevo frito que hace la aguja. Ése es el ruido de la ciudad. Su electricidad. Un paisaje que se aparece atomizado, fragmentado en un montón de señales dispersas sin ningún sentido. Laberintos formados al azar, formaciones de coral hechas de concreto y vidrio, panteones dedicados a dioses mecánicos o digitales que duran a veces sólo segundos. Un paisaje que pasa a velocidad luz, un montón de dialectos que apenas comprendemos, una arquitectura hecha de violencia y olvido.
Algunas ciudades: Santiago es una especie de Frankenstein pervertido o un niño con un síndrome de gigantismo.
Valparaíso es a la vez memoria y herrumbre, calaminas oxidadas y antenas de celulares.
Rancagua vive en una calma que esconde por momentos una violencia insoportable.
Viña parece estar condenada para siempre a ser una postal de los años 80, la sombra de un Festival que muere cada año.
No sé dónde termina una y comienza otra. Sus bordes son confusos, extraños.

Esto debería ser una novela. O un libro de cuentos. Nada más seguro, nada más deseable que las cálidas sábanas de la ficción para acurrucar los sueños o pesadillas de la ciudad. Nada más cómodo. Pero no lo es. Este libro es sobre la ciudad, así con minúscula. O, por lo menos, lo que
yo entiendo sobre la ciudad, algo que no es nada demasiado abstracto ni ideal, sino una larga serie de postales que juntas deben llegar a alguna parte, cercando ciertos territorios en vez de definirlos. Escribo sobre la ciudad como un modo de entenderla, de comprenderla, porque en cierto modo se me aparece como un enigma.
O un crimen.
O un milagro.

Porque en realidad no sé realmente de qué trata este libro. O sí sé, pero su significado total se me escurre, se escapa. Lo obvio: trata sobre ciudades. Ciudades chilenas, lugares que conozco y sobre los que he escrito una especie de diario de vida disfuncional, un Frankenstein de pedazos diversos. Este libro trata sobre ciertas cosas que pasan en ciudades. Hay historias, momentos vivos y momentos muertos. Nada es inventado. Como dicen al final de las malas películas, he alterado ciertos nombres para efectos dramáticos, nada más. Todo es rigurosamente cierto, aunque no hay nada de periodismo aquí: una de las ventajas de ese género mutante de la crónica es que puede ser cualquier cosa. Todo o nada. Lo mejor de ambos mundos porque la crónica es —al canon literario— una suerte de travesti armado con un fusil AKA y que va escuchando a los Dead Kennedys en sus fonos. Escribir sobre ciudades es eso: ser lanzado a toda velocidad para narrar un paisaje que se desvanece a diario.
Y chocar con él.
Y hacerte trizas y ser golpeado por las pequeñas luces que aparecen en rabillo del ojo y que nos nublan la vista.
Y escribir sobre él para que no desaparezca.
Escribir sobre él para inventarlo.

 
 
 
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