Postales urbanas
Álvaro Bisama
 
Prólogo   (1/2)

Las cicatrices del alma

Álvaro Bisama escoge una frase de Tito Mundt para iluminar este libro de crónicas, sus Postales urbanas: “Hay horas geniales en esta ciudad”. Bisama cita a Mundt porque ambos saben que un cronista urbano sin pasión, sin entusiasmo, sin la sensación acechante de que cada día puede ser el último, mejor que cambie de oficio. Tito Mundt tomaba notas para sus comentarios radiales en una caja de fósforos. Y escribía a máquina sus crónicas como ráfaga de ametralladora. A una velocidad que se empata con el vértigo con que Bisama va registrando sus propias ciudades: Valparaíso, Santiago, Viña del Mar, Rancagua.

Tito Mundt y Álvaro Bisama nunca estuvieron juntos para darse la mano. No alcanzó el tiempo. Tito Mundt fumaba Embajador, se disfrazaba para conseguir una entrevista, robaba letreros de calles del mundo y viajaba a menudo con dos dados en el bolsillo izquierdo de su chaqueta. El último de sus días, a diez para las seis de la tarde del jueves 10 de junio de 1971, mientras en Chile se discutía el reciente asesinato del ex ministro del Interior Edmundo Pérez Zu-jovic, Tito Mundt se colgó de un fierro en la terraza del restaurant Sportsmen, perdió el equilibrio y cayó al vacío desde un decimotercer piso. Su cuerpo golpeó el capó de un Simca 1000, pasó a llevar a la señora del presidente de Audax Italiano y quedó botado, moribundo, en la calle, a pocos metros de Agustinas con Estado, en el corazón de Santiago. La noticia de su muerte corrió rápido.

Álvaro Bisama leyó un día noticias de Tito Mundt, de su último vuelo; leyó después sus crónicas apresuradas, y aprendió la velocidad y el ritmo contagioso, y escribió sus propias Postales urbanas.

En las páginas de Bisama, el ojo y el oído y la mente y el alma registran sin pausa. Puede ser un gato que se queda por unos días sin su amo en un departamento de la Plaza Ñuñoa. Puede ser Zalo Reyes cantando en vivo en una fiesta pop. Pueden ser escenas porno dentro de un teléfono celular. Puede ser la firma impresa con spray de uno que pasó por el calabozo de una comisaría, uno que deja huellas donde menos se espera. Puede ser un obrero de la construcción que “presenció un par de accidentes de tránsito y un suicidio en las líneas del Metro”, un obrero que “vio a mujeres llorar de amor”.

 
 
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