Prólogo (2/2)
Postales urbanas es un libro
vivo sobre ciudades vivas que nacen y mueren cada día,
y que vuelven a nacer a la mañana siguiente para fortuna
de Álvaro Bisama y sus lectores.
Postales urbanas es un libro escrito arriba de un
bus inter-provincial, a un costado de un puente, bajo el cielo
lluvioso de Valparaíso, en el asiento trasero de un
taxi, subiendo las escalinatas de un cerro, parado en el medio
de una fiesta o sentado en la mesa de un bar.
El ojo de Bisama no parpadea. Quiere saber en qué ocupan
su tiempo de viaje los pasajeros del Metro, y no deja pasar
aquella noticia en la que el Pollo Fuentes se convierte en
héroe cuando convence a una mujer histérica
de que no se queme a lo bonzo en la puerta de Mega. El ojo
de Bisama no tiene filtro ni pausa: repara en los graffitis
de las murallas de la ciudad, en aquellas salas de arte muertas
antes de nacer, en aquellos teatros emblemáticos demolidos
por el tiempo, en el temor experimentado por unos barrabravas
cuando salen en la noche a comprar cerveza en la población,
en una mujer poseída por el demonio cuyo testimonio
es transmitido en vivo y en directo a las dos de la tarde
por un programa de televisión dirigido a la dueña
de casa.
Bisama se preocupa de conocer la ciudad. De entrarle a la
noche y al amanecer. De no dormir la siesta después
de almuerzo ni menos abandonar el trabajo cuando el reloj
marca las seis de la tarde. Bisama visita cementerios y calles
aledañas a ellos donde funcionan casas de putas. Los
protagonistas de sus crónicas se comen un completo
en el Portal Fernández Concha, o hablan en peruano
de lo que significa vivir ahora en Chile, o se enferman de
cáncer y entristecen a sus amigos, o entran en un laberinto
y no saben cómo salir de él.
Leer a Bisama es, usando sus palabras, atravesar un puente,
un puente que representa los espacios que cruzamos y la velocidad
con que lo hacemos. Leer las Postales urbanas de
Bisama es encontrarse cara a cara con “las cicatrices
de una ciudad, que en el fondo son las nuestras”.
Francisco Mouat
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