Cosas que podrían interesar a más de alguién. Una autobiografía
Andrés Rillon R.
 
Epílogo    (1/2)

Hoy puedo decir que vivo en serenidad interior, porque la idea de la muerte, que no me presiona hasta la angustia, y el afán de vivir se encuentran en compensado balance. Al llegar a los setenta y ocho años uno se aproxima al conocimiento total de esta gran aventura inconsulta que se inicia al nacer. Han pasado tantos ciclos de vidas, de vidas queridas, de vidas conocidas a mi lado, que quedan atrás las preguntas
¿qué es la vida?, ¿qué me depara el futuro? Siempre, mientras no se termine el propio ciclo, estas interrogantes perdurarán, pero ya se pueden presumir las respuestas.

Creo que se llega a la serenidad cuando se ha podido, si no resolver por entero los conflictos de la existencia, conocerlos bastante para saber con qué chichita se ha estado uno curando, y se ha alcanzado un grado de soluciones que le han permitido ensanchar a uno la libertad de opciones o alternativas viables para morigerarlos o extirparlos, estabilizando la propia psiquis de manera aceptable.

En mí, el pánico paralizante del miedo, la hipocondría y la escasa libertad para darle curso a mi vida instintiva a través del sexo han quedado atrás en una extensa medida. Hoy sobrellevo estos aguijoneos crueles con baja toxicidad. Como expresión de mi actual estado interior, he escrito lo siguiente:

No quiero tenerte a mi lado, dolor.
Pero sé que vendrás,
que siempre lo harás.
No quiero tenerte a mi lado, dolor
ahora o en los momentos que decidas.
Pero sé que lo harás,
una y otra vez, lo harás.
Por eso, dueles, dolor.

Quiero llamar madrugada
a la risa que contagia
al roce del sexo
al pie que eleva
al recuerdo que reanima
a la mano que encesta
a la pasión que fecunda
a la lágrima que salta
a la caricia que despeina
al dolor del perdón
al primer anuncio de una nueva vida.

Quiero llamar madrugada
a lo que tiembla
esperanza.

A la vida no le pidas respuestas,
conllévala solamente;
ella es una simple mandadera
de la muerte.
Se da ínfulas de gran mandamás,
pero no lo es.
La gente, tan ilusa,
hace planes de eternidad con ella.

La vida, si se la piensa,
es casi nada, sólo una luz fugaz
que se apaga al poco de nacer.

Voces que portan verdad
rondan por nuestro entendimiento
rellenando la comprensión de la vida.
Escucharlas nos agranda.
Gracias, voces que portan verdad.
Háganse oír más.

¿Dónde está a ratos el presente
que de tantos pasados que lo pueblan,
se llega a no distinguir su presencia?
Lugares y personas idos
siguen en nosotros tan próximos,
como si no existiera el tiempo.

La muerte nos tortura
cada vez que saca a alguien
de nuestra pista,
con su poder de secuestro definitivo.
Sin embargo, las miradas, las risas,
las palabras, los modos
quedan tan presentes en nosotros,
como si sólo la ausencia pasajera existiera.

La muerte no separa la vida de la nada.
El recuerdo se lo impide.


 
 
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