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Cosas que podrían interesar a más de alguién. Una autobiografía
Andrés Rillon R. |
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Epílogo
(2/2)
Me he desintoxicado bastante de mis conflictos inveterados y condicionantes. Los puedo portar quizás hasta que me muera, pero sin que sean capaces de apartarme de la firmeza decisoria que poseo. No tengo por delante una indefensión ante el dolor —sé que éste golpea con mucho peso—, pero la diferencia con el pasado está en que un manto protector me cubre: la sabiduría del tiempo.
El retorno de María Elvira a mi lado ha permitido un ascenso progresivo de acercamiento entre ambos. Lentamente, como la lenta formación de la perla, acrisolamos un entender del porqué estamos juntos. Los viajes que hemos hecho a la Costa Azul han significado la subida de un peldaño muy superior en nuestra mutua comprensión.
Me ha surgido, con el transcurso del tiempo, un poderoso factor agregado: la llegada a la simpleza en el armar un vivir, el que junto a la madurez, son fuentes de la verdadera felicidad. Esta simpleza en el enfoque existencial la encontré en Jean Les Pins, la sencilla capital de Antibes. Ha ayudado mucho a esta valoración sublime de la simpleza la compañía vivaz y complementaria de María Elvira y de su hermana
Margarita, y el consecuente entendimiento directo y sencillo con Silvano, mi concuñado, quienes fueron nuestros anfitriones en esos lugares.
En esa parte de Francia encontré en mí la distancia entre lo tormentoso y la calma, donde la guerra es disuelta por la paz. Nada más significativo de lo verdadero que es lo que digo es el hecho de que mi máxima apetencia hoy en materia de viajes no es conocer y conocer nuevos lugares en el mundo ni visitar museos ni observar estatuas ni participar en conferencias o latas discusiones polémicas; con lo que he visto me basta. Las horas pasadas en el casino, específicamente frente a las máquinas tragamonedas de Jean Les Pins, que fueron muchas, constituyeron para mí un tratamiento intensivo, semejante a un poderoso electroshock, que hizo borrar de raíz el conjunto de adherencias pegadas a mi óptica de vida; igualmente lo hicieron los desplazamientos con las hermanas Reyes y Bruna, una entrañable amiga italiana, buscando apresuradamente los más convenientes soldes de temporada.
Estos hechos han ido adobando las esperezas de mi lomo cargado de cicatrices más que cualquier otra diversión sofisticada, así como los constantes aperitivos caseros que casi autómatamente prepara con calidez Silvano. No hallo la hora de poder estar bajando por la escalera de ese casino al encuentro de esas máquinas. No hallo la hora de volver a patiperrear con ese trío de «coreanas» por las calles y pueblos
de esa zona.
Cuando al cerrar las páginas de este libro releo todo el pasaje de mi búsqueda de diálogos con valiosas mujeres, en un afán de encontrar ¡por fin! una satisfacción superior en la relación de pareja, me sucede que de golpe y porrazo esa etapa de mi vida me causa pena y risa, sobre todo pena, porque tras ella había un sufrimiento en mí, que no era más que el hacer sufrir a María Elvira. Me he sentido un extraño al leer aquellas experiencias que no tienen ninguna cabida en mi yo actual. Con sentido de la realidad, eso sé, no puedo arrepentirme de mis pasajes de vida irregular, aunque parezca un cinismo mi decir, pues todos ellos no los hubiera podido eludir, tan fuerte era mi afán interior de abrirme camino a la estabilidad.
Mi presión arterial todo este último tiempo no ha subido de una baja de siete y de una alta que bordea los trece. Repito, no me asusta la idea de morirme, a pesar de querer vivir más, pero si esto no ocurre, tampoco el sueño se me va.
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