Notas
de prensa (1/1)
Revista El Sábado, El Mercurio
17 mayo 2008
Andrés Rillon cuenta sus memorias:
"Yo, en verdad, me enenamoré de la Gestrudis"
¿Don Andrés Rillon? -pregunto al otro lado del teléfono.
-Sí, cómo está. Buenas tardes. Pase.
Tome asiento. Siéntase como en su casa -responde Rillon, poseído por el viejo chiflado que suele apoderarse de él.
-Por favor. ¿No podríamos hablar como personas normales? -le digo al hombre de 78 años, seis hijos, varios nietos, que hace apenas un año se lució con su actuación en la película El Rey de San Gregorio, y que se apresta a lanzar una delirante autobiografía, que tituló Cosas que podrían interesar a más de alguien.
-Lo espero mañana a las cuatro de la tarde -responde entonces un tipo formal. Probablemente otra humorada del descreído autor de La Manivela, Medio Mundo y tantos otros éxitos. Veinticuatro horas después estoy sentado en el living del departamento que tiene en Las Condes.
Es media tarde y rápidamente la habitación se sumerge en la penumbra. "Oh, perdón", dice Rillon cuando de la nada se le cae un diente.
-¡Un diente de leche! -digo.
-¿Cómo que diente de leche? ¡Una corona, huevón!
Cinco minutos después se lleva la mano a la oreja. "Bastó que usted viniera para que se dejaran caer todos los males de la vejez. Ahora el audífono se quedó sin batería -reclama Rillon, mientras saca de su billetera un cartucho con baterías Rayovac: low batery as longer, dice el slogan, el cual también sirve para resumir a este abuelo, ícono-pop, que debutó como actor haciendo la voz de Salcedo en el Vamos a Ver de Raúl Matas.Y lo hizo así, porque hablar en público le daba vergüenza. Para entonces, Rillon no conocía los designios que tenía preparado para él el limbo catódico. Léase una larga carrera que, meses atrás, pareció llegar a su fin tras sus presentaciones en Televisión Nacional.
-Volver con ese chico (Fernando) Lasalvia -dice- fue un gran error. Yo no lo conocía. Pero él se obsesionó conmigo. Me llamaba, hablaba estupideces y yo ¿qué iba a hacer? Pues le respondía con otras estupideces. Eso, hasta que un día llegó con los productores de Animal Nocturno y acepté volver a la televisión. Un despropósito que no volvería a hacer. Me tendrían que pagar mucho dinero. Lasalvia está convencido que el humor absurdo es hablar tontera tras tontera. Pero resulta que es todo lo contrario. El humor absurdo requiere de una lógica impecable.
-Y, ahora ¿en qué está?
-Esperando a que salga el libro. Es todo lo que espero.
Todo sucedió así: Rillon se entera del concurso de biografías convocado por Artes y Letras / Revista de Libros de El Mercurio. Acto seguido se apertrecha frente al computador. Y, en apenas tres meses, registra toda su vida. "Al menos -dice- lo que se puede contar". No gana. Sin embargo, encantados con su trabajo, en la editorial El Merurio-Aguilar le ofrecen publicarlo igual.
Andrés se llama Andrés por Fray Andresito. Y, en efecto, hubo un milagro: un gemelo, al cual sus papás llamaron Sergio. Un hermano tan parecido a él que, incluso, nunca nadie supo cuál era el mayor. "Hasta el día de hoy es un amigo de excepción. En verdad, más que un hermano y que un amigo, es un fenómeno completo. Basta mirarnos para saber qué piensa el otro", dice. Rillón, hasta hoy, es fan de su hermano. "Él fue encargado de las relaciones de la Iglesia y el gobierno (de Pinochet). Tanto, que El Vaticano llegó a ser su segunda casa y se relacionó muchísimo con Juan Pablo II. En la cuasi guerra con Argentina, él junto a Ernesto Videla tuvo ingerencia en la tratativa con el cardenal Samoré.
-¿Tuvieron discrepancias políticas?
-Sólo en cosas puntuales. Salíamos a caminar todos los domingos a campo traviesa y teníamos grandes diálogos. Ser gemelos es una situación excepcional.
Los Rillón pasaron su infancia en una casa estilo inglés de calle Arlegui de Viña del Mar. Luego se mudaron a Quilpué, aunque siempre siguieron en el Sagrados Corazones de Viña, el colegio en el que Rillón dice que nunca logró pasarlo muy bien.
-Estaba cruzado -dice- por un conflicto psicológico muy profundo. De hecho aún hoy mantengo un nivel de alteración en la materia. Es una crisis de angustia enorme.
Rillon no destaca en el colegio, salvo en dibujo. Aparte, es un chico en extremo desordenado, al cual le cuesta expresar en público sus ideas. Y, al momento de pensar qué estudiar, sólo sabe que será cualquier cosa menos Derecho. Extrañamente, cuando llega el momento, lo único que le queda es estudiar Derecho en la Católica de Valparaíso.
-Durante todo ese tiempo sufrí mucho. Tenía serios problemas psicológicos. Ocho veces dejé los estudios. Mis padres me animaban a continuar. Y sólo lo hice porque estaba seguro que no podía hacer nada más.
A los 20 años, mientras duerme en la casa de Arlegui, se convence que viene un maremoto. En pijama, escapa al cerro Agua Santa para ponerse a resguardo. La experiencia se repite una y otra vez, y un psiquiatra le dice que todo es producto de la rigidez moral y amor obsesivo de su madre.
Pese a todo, Andrés es un chico despierto, amante de la hípica. Y, según asegura en su biografía, con dotes parasicológicas que le permiten ganar cada vez que enfrenta la ruleta. Rillon es un tipo alto y distinguido que encanta a las mujeres. Y muy joven le pide matrimonio a María Elvira Reyes Silva, cuyo padre trabaja como asesor jurídico del Ministerio del Interior. "Ya no soporto ser virgen. O me caso ahora con su beneplácito o lo haremos a escondidas", fue lo que le habría dicho Rillon a su atónito suegro. Con su mujer, confiesa en su libro, tendría "tranquilidad sexual durante los cinco primeros años".
-¿Sigue casado?
-Acabamos de cumplir 50 años de matrimonio.
Rillon hace su último año de Derecho en la Universidad de Chile. Luego trabaja en la memoria más corta que registre la escuela: un documento de 53 páginas sobre el Diario Oficial, tres más que el mínimo. Incluido el índice. Tras la revisión de Patricio Aylwin y Enrique Silva-Cimma, pasa raspando. Y, finalmente, hace la práctica en la cárcel de General Mackenna. Entonces todo cambió. "Fui testigo -dice crípticamente, en la penumbra- de sucesos que eran precisamente los que habían detenido mi vida".
Tras el evento, en el cual Rillon prefiere no ahondar, se niega a ser abogado y no da el examen final. Consigue trabajo en el Registro Electoral y, tras ver Ben Hur, hace su primera crítica de cine en la revista Entretelones, dirigida por el periodista Julio Lanzarotti, afición que complementa con sus estudios en el Instituto Fílmico de la Universidad Católica. Eran los estertores de los años 50, una época distinguida en la que Rillon se maravilla con Antonioni, Bergman y Fellini.
La vida de Rillon cambió abruptamente en 1967, el año en que su cuñado organiza un encuentro con "alguien con el que se llevaría muy bien". Se trataba de una cita a ciegas con Jaime Celedón en el Crillón, entonces uno de los motores del Ictus, el teatro experimental del que todo el mundo había comenzado a hablar. "Y de inmediato nos llevamos muy bien", dice. Tanto, que Celedón le pidió que fuera su asistente de dirección en La Fiaca.
Dos años después, el serio oficinista (Rillon no dejaría la administración pública, sino hasta mediados de los 70) trabaja en la que sería la primera creación semi-colectiva del Ictus, una obra basada en un escrito de Jorge Díaz: El elefante y otras zoologías. Tras el experimento, él y Claudio Di Girolamo escriben en las servilletas de una fuente de soda Cuestionemos la cuestión. Es el gran año de Rillon en el Ictus. Poco después dirige ¿A qué jugamos? Luego Las sillas de Ionesco.
-Fue una época de oro en lo personal y emocional. Un tiempo muy agradable. Muy creativo. De mucho humor, inteligencia e imaginación.
También de éxito, pues Guillermo Blanco llama al Ictus a Televisión Nacional para que monten todas las obras de teatro que puedan hacer. Sólo hay una condición: tienen que hacer un programa de humor semanal.
-El problema es que Sharim se oponía. En su defensa decía que ni Chaplin había hecho cuarenta horas de humor a la semana. Pero Blanco fue categórico. Era eso o nada. Finalmente me hice cargo del humor y creamos La Manivela.
El programa arrasó. Lo supieron el día del cuasi terremoto del 71 en Santiago, un temblor grado 8, tras lo cual todo el mundo (no había rating) salió diciendo en la prensa que el sismo los había sorprendido viendo... La Manivela. Un programa de culto, de antología, que se acabó tras el golpe, cuando en Televisión Nacional creyeron que los del Ictus eran marxistas. Y probablemente lo eran, salvo Rillon que era pinochetista. Luego se fueron al 13.
-¿La política dividió al Ictus?
-No lo creo. Y fíjese que con la persona que mejor me he entendido intelectual y artísticamente es con Sharim, en circunstancias que siempre fuimos antagónicos en lo ideológico y en lo político.
Tras los sucesos de 1973, Rillon se mantiene en el cargo de director del Registro Electoral, probablemente lo más surrealista que ha hecho en su vida. Años después es destituido. Pero, a esas alturas, Rillon ya está con todo en el teatro. Después vendría Medio Mundo en Canal 13. Claro que el golpe de suerte llegaría recién en 1982, el año en que el Japening con Ja se cambia a Megavisión. Ahí le ofrecieron ser guionista. La primera misión era muy simple: debía crear un personaje para "La oficina".
-Ahí apliqué -dice- todos los estudios de estructura dramática que tenía e inventé a Don Pío, un Jorge Alessandri, pero rayado. El problema es que nadie del grupo podía interpretar al personaje. Y se lo pidieron. "Por ningún motivo. Soy incapaz de hablar en público", respondió. La gente insistió. Le pidieron improvisaciones. Todos rieron a carcajadas. "Déjenme pensarlo hasta mañana" pidió. Al despedirse, Gloria Benavides le dijo: "Ojalá aceptes, porque eres muy buenmozo".
Todo lo que pasó después es más que conocido. Salvo, quizás, lo que a estas alturas bien podría ser una confesión.
-Yo, en verdad, me enamoré de Gertrudis.
Andrés Rillon rasguña el cielo cuando Alberto Israel, el publicista, lo llama para proponerle un personaje para las cecinas Winter. Y Rillon acepta con la condición de que sea él mismo quien escriba los guiones. En Youtube hay uno que todo el mundo comenta: ¿Sabe usted lo que le llevaba la caperucita roja a la abuelita? Pues mortadela Winter. Por eso el lobo se la comió.
-En mi carrera -dice Rillon-, la cúspide fue entre los años 86 y 96. Luego todo cayó bruscamente. Pero, como quedé semicesante y venía con mucha energía, escribí once cuentos dramatizados. En uno de ellos se interesó Jaime Celedón cuando se celebraban los 45 años del Ictus. Pero a la idea se opusieron Jorge Díaz y Sharim. La cosa artística se mezcló con la política.
-Había diferencias.
-Yo no soy marxista no más. Y Nissim sí era marxista fundamentalista. Mientras que Jorge Díaz, un guerrillero de cafetín. Pero no lo digo peyorativamente, pues el tipo era tremendamente brillante. Aunque traté, nunca logré tener un mayor contacto con él.
De pronto una mujer pregunta si quiero café y enciende la luz. Por primera vez nos vemos las caras. Ahí está Andrés Rillon, el fanático del ajedrez, la hípica y la rayuela, parapetado detrás de unos lentes en degradé.
-Andrés Rillon no es Don Pío -comento.
-Sería un huevón de punta a rabo. Cuando he sido serio, he sido serio.
-Usted debe saberlo, ¿qué es el humor?
-Lo que está relacionado con la risa como efecto y que se produce cuando se rompe la lógica de la normalidad.
A Rillon se le ve tranquilo, pese a que sus rodillas se tuercen como un viejo espino. Basta decir que, en diciembre pasado, celebró 50 años de casado. Es lo que explica, quizás, las líneas finales en la autobiografía de este calvo que bien sabe ocultar sus pecados bajo un distinguido jockey: "La idea de la muerte ya no me presiona hasta la angustia".
-He aprendido -dice- a disfrutar de la simpleza y la madurez.
No es un chiste. Pero provoca sonrisa.
Por Sergio Paz
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