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Saber
de ellas. Entre lo público y lo privado
Margarita María
Errázuriz (editora) |
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Introducción
(2/4)
Éstos son los temas que se desarrollan
en Saber de ellas. Entre lo público
y lo privado. Hay testimonios, historia y análisis. En
conjunto, dan cuenta de un panorama que se abre como un abanico,
el que deja el espacio
abierto a nuevas preguntas.
Por ello, desde su primer capítulo este libro nos introduce
de lleno en esa complejidad que conlleva el ser mujer. Cada
autor aporta lo suyo y todos despliegan un amplio panorama.
Desde dos puntos de partida muy concretos, las características
genéticas propias de la mujer y la expresión de
éstas en el arte, fluyen las dimensiones subjetivas de
las mujeres. Ricardo Capponi, desde lo genético, apoyándose
en bases científicas y propuestas estadísticamente
sustentables, concluye que los hombres tienen más fuerza
física y capacidad de agresión, y la mujer, mayor
receptividad, interioridad y capacidad para las relaciones personales.
Adriana Valdés parte señalando que los hombres
convirtieron a la mujer en imagen, la sacralizaron y la demonizaron
para protegerse de ella. Habla de la revolución interna
y dolorosa que viven algunas artistas en conexión con
el cuerpo, pero, por sobre todo, rechaza las simplificaciones
y el dar una sola respuesta a un
esfuerzo que excede las limitaciones de un pensamiento binario.
Al concluir, plantea que lo femenino debe adivinarse y que es
algo por conocer; recuerda una frase de Lacan que dice que las
mujeres viven «sin saber nada de ellas». El lector
podría agregar que tal vez en ese intangible que es el
desconcierto que provocamos reside nuestra fuerza. Por su parte,
María Elena Aguirre agrega que la mujer y su capacidad
de ser madre son un patrimonio fundamental de la humanidad y
que su vocación es dar continuidad a la especie y generar
sentido de hogar, de manera que, fiel a su naturaleza, debe
proyectarse hacia la sociedad. Carolina Dell’Oro y Solange
Favereau destacan, en primer lugar, la condición de complementariedad
entre hombres y mujeres y el hecho de que esta relación
requiere de solidaridad.
También, que las mujeres se expresan en el cuidado más
que en la agresión, mejor en la cooperación que
en la competencia y en la reproducción que en la producción.
Añade que las mujeres debieran salir al mundo con la
disposición a aportar estas características. El
segundo capítulo es un abanico que muestra distintas
estrategias desplegadas por las mujeres para franquear los muros
en los que transcurrían sus vidas, y los espacios donde
han tenido que hacerlo, los que se caracterizan por el predominio
de una cultura masculina. En primer lugar, Rosa Melnick presenta
a una mujer que emprende su camino sin el apoyo de otras mujeres
y que lo logra en base a su propio empuje. Su aprendizaje es
valioso, pero sólo sirve a otras en la medida en que
pueda ser conocido. Su experiencia menciona dos situaciones
que son comunes para muchas mujeres de su generación:
la naturalidad con que una mujer vive el hecho que su familia
no le ofrezca las oportunidades que su capacidad merece y el
clásico desenlace de las que en ese entonces quisieron
realizarse profesionalmente y lo lograron: tener que proseguir
solas con su vida. Como contrapunto al esfuerzo de la mujer
que no comparte con otras sus dificultades, Virginia Guzmán
y Claudia Bonan hacen un recuento de la lucha emprendida por
las llamadas «mujeres feministas» y sus logros.
La organización de estas mujeres y su reflexión
sobre la sociedad les permitió apuntar a los verdaderos
obstáculos para la integración social de las mujeres,
logrando cambiar sus condiciones.
Fueron mal miradas en su época, y para algunos siguen
siéndolo, porque
son mujeres de avanzada, que han puesto en la discusión
temas
sociales nuevos, apuntando a profundizar la democracia y a generar
posibilidades no sólo para las mujeres, sino para todos
los grupos minoritarios y vulnerables. Los dos artículos
siguientes de este capítulo tratan dos temas difíciles
para el desempeño de las mujeres: su situación
dentro de la Iglesia y en el trabajo. En ambos espacios, el
peso de los
hombres es determinante para las respectivas culturas. En cada
una hay
matices diferentes. Silvia Pellegrini, autora del texto sobre
la Iglesia,
sostiene que la mujer se encuentra en el centro del diálogo
entre fe y
cultura; se pregunta si es posible identificar «valores
doctrinarios que le
permitan (a la mujer) encontrar alternativas a ciertas necesidades
específicas» y, por lo mismo, quiere separar «los
valores inmutables de aquellos que simplemente han dado respuesta
en el tiempo a las necesidades del orden social del momento».
Para ella, las mujeres navegan contra la cultura.
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