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Sobrevivir
a un fusilamiento. Ocho historias reales
Cherie Zalaquett |
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Prólogo
(1/10)
Me fusilaron en Chena
El escritor italiano Primo Levi (citado por el filósofo
Giorgio Agamben) afirma: “No hay nadie que haya vuelto
para contar su muerte”. Desde luego en el sentido más
literal o físico del término Levi, quien fue un
superviviente del campo de concentración de Auschwitz,
es exacto y riguroso. Básicamente esta afirmación
de Levi se establece para dar cuenta de cuál es el lugar
del testigo, de ese testigo singular que emana del centro mismo
del acontecimiento, un testigo que se erige como figura clave
en la construcción no sólo de procedimientos jurídicos,
sino, además, colabora en la configuración de
los archivos en los que se constituye la historia.
Para Primo Levi (que se volcó a escribir y describir
el campo de Auschwitz) el testigo radical o el último
testigo o el testigo total de crímenes -considerados
hoy como de lesa humanidad- resulta imposible porque está
muerto, ya que es aquel que ingresó en la cámara
de gas o bien explosionó internamente sumergiéndose
en la masiva figura desagregada y robótica que, en el
campo de concentración y debido a su pose corporal, era
conocido (paradójicamente) como el musulmán.
Desde la especificidad de la situación chilena y por
la dimensión de la ruptura que provocó el golpe
de Estado y sus implicaciones éticas y jurídicas,
yo ahora me pregunto: ¿sería pertinente repensar
esta condición de imposibilidad frente a la existencia
de testigos que sí fueron asesinados, quiero decir, se
enfrentaron materialmente al último dispositivo de destrucción
humana como es el fusilamiento? Porque pienso que ellos conforman
una excepción extrema, en la medida que fueron asesinados
y no obstante siguieron con vida.
Explicitar la evidencia de las situaciones límites que
estos testigos testimonian obliga a ponerse en lugar de lo inhumano
que porta lo humano, quiero decir, permite develar ese exacto
borde donde lo que se entiende por humano se tensa para mostrar
justamente una inhumanidad que le pertenece y, más aún,
se ejerce. Y también significa adentrarse hasta la zona
más perturbadora que puede alcanzar una existencia a
la que se le pone fin, mediante la violencia institucionalizada
del escenario abierto por el pelotón de fusileros (que
marca ineluctablemente el fin de la vida) y, en ese sentido,
convertirse en muerto y, en esa misma condición, la de
muerto, reingresar como vivo.
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