Terapia para cerebros lavados
Hermógenes Pérez de Arce
 

Prólogo

En carta de 5 de diciembre de 2000, el coronel (r) Ricardo Ramírez Ruiz me refería lo siguiente: «En el hogar de mis padres se juntaban en un almuerzo los días viernes de cada semana los hermanos de mi madre, almuerzos a los cuales yo asistía. Uno de estos hermanos, abogado, profesor de la Universidad de Chile y en otra universidad y en esa fecha, además, abogado integrante de la Corte Suprema, al escuchar por la radio o TV (no recuerdo) una noticia sobre el ‘caso de los quemados’, saltó de su asiento y a gritos profería ‘¡asesino Pinochet!’, olvidando, esta persona siempre mesurada y caballerosa, toda muestra de educación y respeto por su sobrino, yo, coronel de Ejército; tan descontrolado que no hacía caso ni a su hermana (mi madre), ni a su hermano, ni menos a mí, repitiendo la palabra ‘asesino’».

En el caso concreto de esos dos jóvenes quemados, Pinochet, por supuesto, no había tenido conocimiento ni intervención. Ni tampoco fueron quemados por militares.
He aquí lo que dijo el ministro en visita extraordinaria, designado para el caso, don Alberto Echavarría Lorca, en resolución dictada con fecha 23 de julio de 1986: «a) Que Rodrigo Rojas De Negri y Carmen Quintana
Arancibia fueron detenidos, el día 8 de este mes, por una patrulla militar que aseguraba el libre tránsito de vehículos, reteniéndolos transitoriamente en el lugar de su aprehensión, uno al lado de la otra y próximos a elementos de fácil combustión, combustión que se produjo debido a un movimiento de la joven y la caída y rotura del envase
de uno de esos elementos, causando quemaduras graves a los dos y originando posteriormente la muerte del primero».

Los elementos incendiarios los portaban ambos
jóvenes. Cuando se estaban quemando, los militares los
apagaron. Típico caso, el de ese académico y abogado integrante, de lo que yo llamo «cerebro lavado». Sin ningún antecedente
sobre determinada situación, ya tiene de la misma una opinión preconcebida, basada en otras opiniones igualmente desprovistas de fundamento. Todo debido al martilleo de una propaganda incesante.

En el caso referido, se dio la coincidencia de que el coronel resignado a soportar los exabruptos de su tío fuera designado por el Ejército precisamente como secretario del sumario administrativo que se instruyó por la acción de la patrulla militar. Su testimonio servirá en
páginas posteriores para allegar más claridad a este caso.
Este libro versa sobre eso: cotejar las versiones propagandísticas
predominantes con la verdad de los hechos. Proceso que, confío, puede ser una eficaz terapiasanadora para cerebros lavados.

El autor

   
 
 
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