Introducción
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Nada personal contra mis padres, obvio, pero
creía que me quedaba mejor. Y el apellido, porque pensé
en claves aspiracionales. Así nació ella, que
si bien no tenía cara, tenía una voz potente y
cargante, que casi no me dejaba dormir. Después vino
el parto creativo de inventar el nombre de la sección.
Agotada, convoqué a mis amigos de nuevo y cuando me preguntaron
la edad de la Consuelo, nació el nombre. Treinta y uno.
Como mis expectativas eran cumplir seis meses de columna, podía
funcionar. No tenía idea que además, le iba a
regalar a mi Consuelo la posibilidad de no envejecer nunca.
Han sido dos años extraños. De altos y bajos,
de muchas alegrías y más orgullos de los que nunca
pensé que iba a tener. Adoro mi columna. Aunque a ratos
me haya tocado estar sentada en una fiesta y escuchar cómo
la pelaban, sin saber que la que estaba al frente era la autora.
Es entretenido tener derecho a la esquizofrenia. Dos personalidades
que al final, viven compitiendo por sacar la voz. Aunque acá,
sea siempre la Consuelo la que manda.
Quiero agradecer a todos los lectores de la columna, por el
apoyo incondicional que me han entregado. Y a todos los que
alguna vez me saludaron en la calle o en un bar y se toparon
con mi faceta desadaptada, gracias. No sé recibir piropos
y lo más probable es que me haya limitado a sonreír.
Ahora, frente a un teclado, puedo dar las gracias como corresponde,
entregándoles este libro. Acá están las
columnas que han aparecido en estos dos años y medio,
en sus versiones originales, es decir, antes de hacerlas calzar
en el espacio asignado. Además, están algunos
de los reportajes de tesis que escribí para la revista,
revisando el fenómeno de las singletons desde adentro.
Gracias a todos y ojalá les guste lo que viene.
Santiago, diciembre del 2004.
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