Treinta y uno
Claudia Aldana
 
Notas de prensa    (2/3)

Revista ya


Ese día llegaron los primeros e-mails a la revista. Uno preguntaba si la columna la escribía la Totó Romero. Sin saber si reírme o llorar, leo los siguientes. Ni una amenaza de muerte. Vamos bien. Después aparece un mitómano contando que era compañero de colegio de mi fantasía. Plop. Y así, empiezan a llegar tímidos, de a poco, hasta que de repente me encuentro sepultada entre correos que extrañamente me entretienen más que los que me llegan a mí.

Algunos parecen buscar la guerra de los sexos en su versión ultimate. Ellas alegan que los hombres sólo buscan sexo y ellos se quejan de que las mujeres no son honestas. Otros se promocionan como candidatos a galanes para Consuelo, y otras se ofrecen a tomarse un trago conmigo, para avisparme un poco. También están los que confiesan que les caigo mal por gringa no asumida, pero que igual no se pierden la columna. Otras me llaman al orden, por andar ventilando la vida privada de la treintañera, y casi me catalogan de espía.

Obligadamente, me remonto a los '90, cuando yo estaba en el colegio y apareció en el Wikén la columna de Enrique Alekán, el personaje de Alberto Fuguet. Cada viernes, este recién separado contaba sus aventuras y yo, púber y más obsesiva que ahora, no podía soportar que sólo supiera de él una vez a la semana.

A tanto me llegó la locura, que incluso cuando el personaje contó que iba al matrimonio de la Bolocco, yo me compré la revista Cosas para buscarlo entre los invitados, esperando ver a alguno con sospechosas similitudes a la caricatura que ilustraba la columna. No imaginaba que después me iban a llegar las cartas a mí, asunto que todavía me deja con la boca abierta.

Es tan raro recibir cartas para Consuelo. Porque no sé si debería leerlas; después de todo, no son para mí. Si bien hay algunas más relajadas, me he encontrado con personas que me cuentan su drama más íntimo y me preguntan qué opino. De consejera sentimental amateur, me hago adicta a saber más de gente que no he visto nunca, pero que por alguna extraña razón me confía sus secretos. Y yo, freak de nacimiento, me involucro.

Y me pillo dando vueltas en la cama, pensando cómo le habrá ido a Fulanita, que le aconsejé que llamara al sujeto y lo invitara a salir. ¿Y si él se pone chúcaro y la hace sufrir? ¿Cómo le explico que soy una inepta en amor y que el error es de ella, de venir a confiar en esta pajarona? No hay salud. Me enrollo y me pongo a inventar estrategias para romances ajenos. Reviso el e-mail y me ataco si no tengo feedback. Y paso el día entero metida en ese mundo de fantasía, en que me aconsejan que me la juegue, que viaje, que no pesque nunca más a los hombres.

 
 
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