Treinta y uno
Claudia Aldana
 
Notas de prensa    (3/3)

Revista Ya


Todos, todos los e-mails que me han llegado están guardados, y ahora revisarlos para contarles más o menos lo que pasaba detrás de las páginas me parece total. Aunque suene odiable para el resto, espero ansiosa cada martes para ver qué me escriben.

Con el tiempo la cosa se puso más emocionante todavía. Aparecieron regalos. Y yo, que tengo trece años mentales, encuentré que eso era como estar de cumpleaños todos los martes. El primero fue un ramo de calas que me tuvieron en paro cardíaco por - fácil- media hora. La tarjeta era de un galán que se ofrecía a sacarnos a la Consuelo y a mí de esa soledad endémica. Guau. Y yo que pensaba que sólo los rockeros tenían fan club... después de todo, no es tan terrible cantar mal. Igual tengo mi cuota de fama por otro lado. Después, un libro. Un diario de vida. Más flores. Y el ego empuja por salir, trato de creerme la muerte pero no me resulta, porque cuando camino dándomelas de estrella por lo general me tropiezo o termino en un papelón. Pero los regalos, extrañamente, siguen.

Otro vino de Editorial Planeta para sacar mi primer libro, Happy Hour. Y claro, después de un año y un par de meses de incógnito, me tocó dar la cara. Y eso sí que fue sufrido. Porque era hacerme responsable de mis desvaríos varios. Y soportar los abucheos por haber sido tan mitómana y haber jurado de guata a todos que no era un personaje. Muy patuda. Aterrada de morir apedreada en la puerta de la revista, llegué ese 28 de octubre de 2003 a esperar el juicio público. Y extrañamente, de nuevo me fue re bien. No morí empalada, y si bien algunos no me perdonan hasta hoy que haya revelado mi identidad poco interesante, me sentí aliviada. Una semana más quedándome callada y seguro que desarrollaba un cáncer fulminante con tanta represión. Porque, de todas formas, me daban ganas de gritar que la columna la escribía yo. Viajaba en metro y me quedaba plop si veía a alguien leyéndola y riéndose. No respiraba por un par de minutos si escuchaba alguna referencia a la Aldunate en la radio.

Se acabó el misterio, pero sigo recibiendo e-mails de apoyo, a mi nombre o al de mi alter ego. Y eso me encanta. Cada correo me genera la eterna adrenalina infantil de que paso un par de segundos tratando de adivinar si es de amor o de odio. Nunca le achunto, pero es un juego medio masoquista que me entretiene. Y más me disfruto cada mail cuando lo leo. Agradezco hasta decir basta que se tomen el tiempo para dar su comentario, aunque la columna tenga poco y nada de interactivo.

Es imposible que ponga todos los e-mails recibidos y que les agradezca a cada uno por tomarse el tiempo como para contarme algo de su vida o darme ánimo. De más está contarles que el e-mail de la Consuelo siempre está más lleno que el mío. Hasta me gana en amigos. Pero bueno. Así son las hermanas. Competitivas y enrolladas.


 
 
 
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