Vivir conscientes
Patricia May

Testimonio

Por muchos años pensé que yo era una persona sin valor ni cabida en el mundo, una in-válida. Forjé una imagen de mí a partir de la mirada y actitud que muchas personas tuvieron conmigo; me pensaba tonta, fea, antipática y veía hacia delante un camino cerrado, sin oportunidades, donde la vida humana, de amor, pareja, trabajo y sentido me era negada.

Pasé años autocompadeciéndome. Por más que se me abrieran puertas, no era capaz de verlas ni me atrevía a traspasarlas debido a la sensación de profunda indignidad, de ganas de esconderme, de no ser vista, de tener vergüenza de mí.

Escribo esto porque en una cultura de exitismo en la que se valida a las personas por la apariencia, inteligencia, logros profesionales o por el dinero, es decir, por atributos que el paradigma vigente considera importantes, hay muchos que se quedan al margen, con la idea de que no merecen vivir. Pienso en las personas que por diversas condiciones tienen dañada su autoestima, que han sido maltratadas, en los niños y adolescentes que no se ajustan al patrón para sentirse “ganadores”, en las personas mayores que parecen no tener cabida en el mundo, en los que no son ni brillantes ni destacados según los criterios vigentes, en los difer-capacitados, en los pobres que pueden llegar a pensarse inferiores, en los que no se ajustan a los patrones de valor personal de hoy.

Pienso en los que aún no logran liberarse del estigma que los tiene atados a una deteriorada imagen de sí. En un momento tuve la bienaventuranza de sintonizarme con mi interioridad, donde me vi y me conocí de un modo nuevo, contacté con una belleza interior que me permitió ver lo bello de cada ser, me supe plena, fuerte, llena de amor, de entusiasmo y de vida. Comprendí el sentido y el aporte que puede hacer una persona diferente al modelo vigente, cambió mi autoimagen y pude comenzar a ver todo con otros ojos y a relacionarme con dignidad. Eso, sostenido en el tiempo con una decisión de vida, de ir hacia la felicidad y la realización de mi ser en el mundo, viró mi historia. También hubo otros seres significativos que quizás por no tener miedo a su propia vulnerabilidad, quizás por aceptar en sí mismos lo imperfecto y diverso, quizás por tener una mirada más profunda, pudieron traspasar el velo de la apariencia y contactarse con lo noble de mí, viendo lo que yo no era capaz de ver, mostrándomelo y dignificando mi presencia en el mundo. Fueron y son mi familia y mis amigos, compañeros de ruta.

Escribo esto como un testimonio personal para todos los que piensan que no tienen salida, como lo hice yo por tanto tiempo. Lo escribo porque es importante que seamos conscientes de que nuestra manera de mirarnos a nosotros mismos y a los otros puede hacer la diferencia entre una vida vivida con integridad, luminosidad y aporte al mundo, o una vida arrastrada en la idea de que no se tiene un valor personal.

Con nuestro enfoque nos hacemos a nosotros mismos y a los demás. Lo que cambió para mí no fueron las condiciones externas, sino el modo en que me veía, y desde allí pude comenzar a abrir puertas y ventanas y gestar una vida de amor y creatividad en la que el dolor ha sido integrado como una fuente de aprendizaje y riqueza interior. Aprender a Ver con otra mirada, a despertar a nuestra propia dignidad y la de todo ser existente nos hará mejores seres humanos y nos permitirá crear un mundo donde nadie tiene las puertas cerradas, donde nadie piense que no merece vivir.

Quizás podamos algún día gestar una cultura en la que el mayor valor sea el respeto, la aceptación, la inclusión y el amor, los dones más importantes que puede manifestar un ser humano.

Patricia May

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