Testimonio
Por muchos años pensé que yo era una
persona sin valor ni cabida en el mundo, una in-válida.
Forjé una imagen de mí a partir de la mirada
y actitud que muchas personas tuvieron conmigo; me pensaba
tonta, fea, antipática y veía hacia delante
un camino cerrado, sin oportunidades, donde la vida humana,
de amor, pareja, trabajo y sentido me era negada.
Pasé años autocompadeciéndome. Por más
que se me abrieran puertas, no era capaz de verlas ni me atrevía
a traspasarlas debido a la sensación de profunda indignidad,
de ganas de esconderme, de no ser vista, de tener vergüenza
de mí.
Escribo esto porque en una cultura de exitismo en la que se
valida a las personas por la apariencia, inteligencia, logros
profesionales o por el dinero, es decir, por atributos que
el paradigma vigente considera importantes, hay muchos que
se quedan al margen, con la idea de que no merecen vivir.
Pienso en las personas que por diversas condiciones tienen
dañada su autoestima, que han sido maltratadas, en
los niños y adolescentes que no se ajustan al patrón
para sentirse “ganadores”, en las personas mayores
que parecen no tener cabida en el mundo, en los que no son
ni brillantes ni destacados según los criterios vigentes,
en los difer-capacitados, en los pobres que pueden llegar
a pensarse inferiores, en los que no se ajustan a los patrones
de valor personal de hoy.
Pienso en los que aún no logran liberarse del estigma
que los tiene atados a una deteriorada imagen de sí.
En un momento tuve la bienaventuranza de sintonizarme con
mi interioridad, donde me vi y me conocí de un modo
nuevo, contacté con una belleza interior que me permitió
ver lo bello de cada ser, me supe plena, fuerte, llena de
amor, de entusiasmo y de vida. Comprendí el sentido
y el aporte que puede hacer una persona diferente al modelo
vigente, cambió mi autoimagen y pude comenzar a ver
todo con otros ojos y a relacionarme con dignidad. Eso, sostenido
en el tiempo con una decisión de vida, de ir hacia
la felicidad y la realización de mi ser en el mundo,
viró mi historia. También hubo otros seres significativos
que quizás por no tener miedo a su propia vulnerabilidad,
quizás por aceptar en sí mismos lo imperfecto
y diverso, quizás por tener una mirada más profunda,
pudieron traspasar el velo de la apariencia y contactarse
con lo noble de mí, viendo lo que yo no era capaz de
ver, mostrándomelo y dignificando mi presencia en el
mundo. Fueron y son mi familia y mis amigos, compañeros
de ruta.
Escribo esto como un testimonio personal para todos los que
piensan que no tienen salida, como lo hice yo por tanto tiempo.
Lo escribo porque es importante que seamos conscientes de
que nuestra manera de mirarnos a nosotros mismos y a los otros
puede hacer la diferencia entre una vida vivida con integridad,
luminosidad y aporte al mundo, o una vida arrastrada en la
idea de que no se tiene un valor personal.
Con nuestro enfoque nos hacemos a nosotros mismos y a los
demás. Lo que cambió para mí no fueron
las condiciones externas, sino el modo en que me veía,
y desde allí pude comenzar a abrir puertas y ventanas
y gestar una vida de amor y creatividad en la que el dolor
ha sido integrado como una fuente de aprendizaje y riqueza
interior. Aprender a Ver con otra mirada, a despertar a nuestra
propia dignidad y la de todo ser existente nos hará
mejores seres humanos y nos permitirá crear un mundo
donde nadie tiene las puertas cerradas, donde nadie piense
que no merece vivir.
Quizás podamos algún día gestar una cultura
en la que el mayor valor sea el respeto, la aceptación,
la inclusión y el amor, los dones más importantes
que puede manifestar un ser humano.
Patricia May |