Prólogo
Queremos ser felices? Realmente, a la hora de los quiubos, ¿queremos ser felices? Pocos se atreverían a contestar que no, que la felicidad no les importa ni les interesa. La felicidad se ha convertido en una orden, en una obligación sine qua non, pero también en una señal de poder y de estatus. La felicidad se exhibe, se muestra, se subraya. Ayer, sin ir más lejos, la vi explayarse en todo su horror en un mall santiaguino.
Cientos de parejas tironeaban o se dejaban tironear por sus hijos; hipnotizados en el intento de parecerse entre sí, entraban y salían de tiendas que vendían toda suerte de objetos, pero que siempre terminaban por parecerse a una juguetería. Amarillo, rosado, naranja, en las vitrinas nada intentaba ser natural o real, todo tenía la consistencia de un estudio de televisión. El ruido de las voces perdido en la música ambiental perfeccionaba la sensación de hipnosis. Un tiempo fuera del tiempo donde la luz del sol, el frío del invierno y el transcurrir de los años no existían. Sólo el apuro muy lento del centro comercial donde todo se convertía en fila, número, procedimiento y espera. Tiempo perdido que era quizás el objetivo mismo: desperdiciar el interminable tiempo de los sábados, ocupar las horas como un territorio enemigo.
En ese lugar, podía mirar con distancia esa lucha terriblemente infeliz por probar, por comprobar, por convertir en hechos y en cosas la felicidad. Comprar en pareja o en familia –porque pocos visitaban solos el centro comercial– para olvidarse por completo del mundo; porque éste era el objetivo central de ese día de compras: adormecer en la multitud esa obligación de ser feliz. De ser feliz uno mismo, con sus propios medios.
Pero ¿cuántos de estos compradores compulsivos habrían sido mucho más felices si les hubiesen quitado la obligación de serlo? En los ejércitos, los partidos políticos, las sectas fanáticas, es donde hay más gente feliz. Felices porque nadie les pregunta cómo serlo, porque simplemente se integran en un proceso, con unas reglas, un objetivo y un líder claro y preciso. Para el fanático, para el soldado de cualquier bando, la felicidad deja de ser un problema y se convierte sólo en un síntoma. Son parte de algo, son peones de alguien. Están libres de toda búsqueda, son parte de un hormigueo tanto más perfecto que éste del centro comercial donde después de todo hay que tomar decisiones cada tres segundos, elegir productos, decidir colores, satisfacer necesidades que no se sabía que se tenían.
Son esos cientos de decisiones, de elecciones, de necesidades que llenar lo que les pesa a los compradores del centro comercial, aunque éste quiera, por cierto, aliviarles ese peso. Ya que para eso existe, para de alguna forma reproducir el ritmo de un ejército, la pertenencia a un colectivo en que las decisiones ya están tomadas. El centro comercial quiere borrar ese peso, pero no puede hacerlo del todo porque nace de una sociedad, la nuestra, que pone en el eje de sus prioridades la búsqueda de la felicidad.
A mediados del siglo XVIII, Tomas Jefferson, mediante una extraña alquimia, convirtió un estado de ánimo en un derecho político: el derecho de la búsqueda de la felicidad y la obligación de la sociedad de proveerte este derecho por los medios que tú elijas. Los griegos, que más bien buscaban la tranquilidad, no se habrían atrevido nunca a tanto. Ni Buda, ni Jesucristo.
Pero ¿nos hace esa obligación más felices? Mirando los rostros en el mall podría pensarse que no. Atormentado por los globos de colores, las ofertas, el olor a café mezclado con frituras, nadie podría pensar que somos más felices que los espartanos matándose en la batalla o que los primeros cristianos rezando tomados de la mano, justo antes de que los devoraran los leones.
Este libro nos muestra todas las trampas que somos capaces de usar para evitarnos el terrible deber de la felicidad. No, no somos más felices desde que estamos obligados a buscarla. Pero quizás el mismo Jefferson –un hombre parco y bastante poco feliz, a pesar del intento de sus esclavas por alegrar sus jornadas– no buscaba que fuéramos más felices, sino que comprendiéramos mejor en qué consiste la felicidad. No nos llama a ser felices, sino a buscar ese estado.
La felicidad es muchas veces un accidente inesperado, pero su búsqueda moviliza lo mejor de nosotros, los más secretos resortes de lo que somos o queremos ser. Buscar ser feliz es muchas veces simplemente buscar ser lo que somos. Eso y nada más. Buscar respuestas a las miles de inconvenientes preguntas a las que nos vemos enfrentados: ¿qué queremos?, ¿qué necesitamos?, ¿qué nos gusta?, ¿qué nos desagrada? Y luego esa pregunta de la que huimos todos, ya sea en un centro comercial o en medio de cualquier otra multitud, ¿por qué?
Una democracia implica todas estas preguntas que se resumen en una sola: ¿quiénes somos? Jefferson planteó que el rol de una sociedad no es otro que proveer el espacio y los medios para que cada individuo pueda hacerse esta pregunta. Pero ¿queremos realmente hacérnosla? Lo cierto es que duele, lo cierto es que molesta, lo cierto que intentar ser feliz no nos hace necesariamente más contentos. Saber que la felicidad no es lo mismo que la alegría, la tranquilidad o la satisfacción muchas veces nos complica, nos atormenta y nos desestabiliza. Sin embargo, sin esa tempestad, sin esa duda, no hay felicidad que valga. Sin ese tormento no vale la pena ser feliz. Pero ¿cómo pasar por ese tormento sin quedarse atrapado en él?, ¿cómo buscar la felicidad sin perderla de vista? Y, sobre todo, ¿cómo lograr alcanzar esa felicidad sin boicotearse a uno mismo?
Ésta es la pregunta fundamental que Eugenia Weinstein intenta responder en las siguientes columnas, publicadas originalmente en la revista Sábado. Con retratos agudos y un tono irónico, la autora nos hace mirarnos al espejo muy de cerca, para descubrir en qué medida somos víctimas de nosotros mismos y de esta obligación de ser felices.
Rafael Gumucio
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